La condena en primera instancia contra el expresidente Álvaro Uribe Vélez ha desatado una tormenta que rebasa los límites de la política y la justicia nacionales. Como se anticipaba, el fallo generó una fuerte polarización en Colombia. Lo inesperado fue la resonancia que alcanzó en los pasillos del poder en Washington. El secretario de Estado Marco Rubio —aliado de Donald Trump y voz influyente del Partido Republicano—, junto con el exembajador Christopher Landau y otros congresistas, no solo cuestionaron la decisión de la jueza Sandra Heredia, sino que la calificaron como una “instrumentalización del poder judicial”. Una intervención que encendió las alarmas sobre la soberanía judicial del país.
La reacción fue inmediata. Gustavo Petro, desde Santa Marta, denunció una “intromisión inaceptable” de Estados Unidos. Con tono firme, pidió a las altas cortes y al Congreso defender la autonomía de la justicia colombiana. “¿Nos volvimos colonia?”, preguntó el mandatario ante un auditorio expectante. Más que un reclamo, fue un llamado a cerrar filas frente a lo que interpretó como un intento de presionar políticamente a los jueces. Pero la polémica no quedó ahí: Petro recordó que, a pesar de las críticas, él mismo ha comentado decisiones judiciales extranjeras —desde la imputación a Donald Trump hasta el caso Assange—, abriendo el debate sobre los límites entre la diplomacia, la política y la coherencia discursiva.
El expresidente Uribe, lejos de mantener silencio, respondió con vehemencia. En sus redes sociales pidió a Petro renunciar a la figura del indulto presidencial, esclarecer el origen del dinero que circuló en bolsas durante su campaña y someterse a un examen toxicológico. Un contragolpe que pone de relieve la tensión entre el líder del Centro Democrático y el jefe de Estado. Uribe, que gobernó Colombia entre 2002 y 2010, ha hecho de su defensa una bandera política y ahora cuenta con voceros en el Congreso estadounidense que, al parecer, están dispuestos a ejercer presión diplomática.
Christopher Landau, quien conoce bien los matices de la política colombiana tras su paso por la embajada en Bogotá, no dudó en calificar el fallo como un “abuso fiscal y judicial”. En su visión, la independencia de los tribunales ha sido vulnerada por intereses ideológicos. Una declaración que, aunque sin carácter oficial, representa un mensaje directo a la comunidad internacional: la oposición colombiana no está sola. Sin embargo, el riesgo de que este apoyo se traduzca en consecuencias diplomáticas concretas, o incluso sanciones, mantiene en vilo a la Cancillería.
El Gobierno Petro enfrenta ahora un dilema: defender con contundencia la soberanía sin romper puentes estratégicos con su principal aliado comercial y diplomático. La relación con Estados Unidos ha sido históricamente robusta, pero también vulnerable a los vaivenes ideológicos. En un eventual regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, el respaldo republicano a Uribe podría traducirse en una postura más hostil hacia el actual gobierno colombiano, especialmente en temas como cooperación en seguridad, narcotráfico y comercio bilateral.
Mientras tanto, en el Congreso colombiano y las altas cortes, el silencio es ensordecedor. Petro exigió un pronunciamiento institucional que reafirme la independencia judicial, pero hasta el momento, ni la Corte Constitucional ni el Consejo de Estado han emitido una declaración oficial. La tibieza institucional ante un conflicto de esta magnitud deja un vacío que, en una democracia, puede resultar peligroso. La justicia no solo debe ser ciega, sino también libre de presiones extranjeras, y eso requiere un respaldo claro y valiente.
En este cruce de poderes, ideologías y fronteras, el futuro del caso Uribe ya no se juega únicamente en los tribunales. Lo que está en disputa es el alma institucional del país: ¿podrá la justicia resistir las embestidas del poder político, interno y externo? ¿O estamos, como sugirió Petro, ante un nuevo episodio de subordinación? La historia de Colombia, tan habituada al ruido de las botas y el susurro de las embajadas, podría estar escribiendo un capítulo crucial.