Desde su tribuna televisiva y en su ya conocido tono vehemente, el diputado venezolano Mario Silva lanzó una advertencia que ha empezado a circular como una señal de alarma en los círculos progresistas de América Latina. “El Petro está en salsa”, sentenció, al referirse al presidente colombiano Gustavo Petro, como parte de una cadena de consecuencias que —según él— desataría un eventual colapso del régimen de Nicolás Maduro en Venezuela. Para Silva, no se trata de una crisis aislada, sino de una ficha mayor en un efecto dominó dirigido a desestabilizar a toda la izquierda regional.
Mario Silva, una de las voces más radicales y leales al chavismo, no habla como un simple presentador de televisión. Como parlamentario y figura influyente en la narrativa oficialista, sus palabras funcionan como termómetro del discurso que se cuece en el alto poder venezolano. Esta vez, su señal de alerta no se limitó al territorio bolivariano, sino que apuntó directamente a los gobiernos de Cuba, Nicaragua, Brasil y Colombia, a los que consideró blancos inmediatos si cae el régimen que encabeza Nicolás Maduro.
«¿Cae Venezuela? Inmediatamente, sucede un efecto dominó», afirmó Silva. La frase resuena con ecos de una región que, más allá de las fronteras, parece estar en una constante pulseada entre dos proyectos de país: uno que se alinea con los postulados del socialismo del siglo XXI y otro, que los combate con igual fervor. Para Silva, cualquier presión internacional sobre Caracas —venga de Estados Unidos, de Europa o de sectores internos— tiene como verdadero propósito desmoronar esa alianza ideológica que se ha tejido entre gobiernos progresistas.
Silva fue especialmente enfático al mencionar al presidente Petro, el primero de izquierda en la historia reciente de Colombia. “El Petro está en salsa, a Lula lo tienen en salsa, si ellos no entienden eso, están equivocados”, dijo en su programa, advirtiendo que tanto Petro como Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil están en la mira de una estrategia regional de desgaste político. Las palabras, más que una predicción, suenan a advertencia interna: un llamado a cerrar filas antes de que los vientos cambien de dirección.
En un continente históricamente oscilante entre la derecha y la izquierda, las declaraciones de Silva no pasan desapercibidas. Se insertan en un contexto marcado por tensiones crecientes: protestas sociales, economías en crisis, liderazgos polarizantes y elecciones determinantes. El chavismo, que durante años impuso un modelo basado en el control del poder y la narrativa revolucionaria, se enfrenta hoy a una oposición interna revitalizada y a un entorno internacional menos tolerante. Y eso, según Silva, pone en jaque no solo a Caracas, sino también a Bogotá y Brasilia.
Aunque Gustavo Petro no ha respondido directamente a los señalamientos, su gobierno mantiene una relación prudente con Caracas. Ha abogado por el diálogo como solución a la crisis venezolana, pero no ha cerrado los ojos frente a los cuestionamientos de organismos internacionales sobre derechos humanos y procesos democráticos en el vecino país. En esa delgada línea, el presidente colombiano camina entre la diplomacia y la realidad geopolítica, consciente de que cualquier desenlace en Venezuela puede tener repercusiones en su propio mandato.
Así las cosas, la frase de Silva queda flotando como una consigna para algunos y una advertencia para otros. “Petro está en salsa”, dice, como quien señala una tormenta en el horizonte. La pregunta, sin embargo, no es si habrá lluvia, sino cuán preparados están los gobiernos de la región para mojarse sin naufragar.