La tolerancia, esencial en la democracia

Por: Armando Estrada Villa

La instalación del Congreso de la República, acto central de la democracia, el pasado 20 de julio, fue poco edificante, ya que primaron la falta de respeto y la mala educación, la patanería y la ordinariez, hasta el punto de que ha sido calificada de corraleja, circo y guachafita. De mi parte, lo señalo como desafortunado suceso, donde primó la intolerancia de los congresistas que sabotearon el discurso del presidente Duque.

Y es que la democracia no solo tiene una expresión institucional y jurídica recogida en constituciones y códigos, en reglas y procedimientos que la ponen en actividad, sino que también requiere, para que opere de manera satisfactoria, elementos y prácticas de orden fáctico: el pluralismo, la opinión pública, las fuentes alternativas de información y, de manera principal, la tolerancia. Esta significa primero el respeto a las personas y luego a las ideas, creencias y conductas políticas, religiosas, ideológicas, culturales, económicas y sociales que otros profesan. Sin obstaculizarlas ni hostigarlas, aunque es dable criticarlas y debatirlas, con la garantía de que los comportamientos tolerados pueden ser públicos y notorios, sin que por ello sean condenados por la sociedad.

Pero la tolerancia no es impotencia, pues solo tolera quien podría prohibir o evitar; tampoco es indiferencia, porque toleramos lo que no nos gusta, pero nos importa, ya que se reprueba lo tolerado.

Para Pasquino: “Las democracias son más o menos buenas no solo en virtud de las reglas, de los procedimientos y de las instituciones que se han otorgado, que se han utilizado, que se han conseguido reformar, sino también por la cualidad de sus ciudadanos”. Y, con toda razón, debe agregarse, por las calidades de sus congresistas y autoridades, ya que tienen mayores responsabilidades. Por ello, debe admitirse que, si bien las reglas son absolutamente necesarias, no lo son menos los modos de proceder de la ciudadanía, y en especial los de la dirigencia, para que la democracia funcione bien.

Sobre el ejercicio de la tolerancia, Levitsky y Ziblatt sostienen: “La tolerancia mutua alude a la idea de que, siempre que nuestros adversarios acaten las reglas constitucionales, aceptamos que tienen el mismo derecho a existir, competir por el poder y a gobernar que nosotros. Podemos estar en desacuerdo con ellos, e incluso sentir un profundo desprecio por ellos, pero los aceptamos como contrincantes legítimos”.

Porque es fundamental para la democracia no considerar al adversario político como un enemigo al que es imprescindible eliminar, ya que por opuestas que sean sus ideas, por inflamados que sean sus discursos, por enérgicos que sean sus enfrentamientos, los dirigentes políticos deben estar dispuestos a tolerarse mutuamente y a considerar que no es una perversión estar en desacuerdo por profundo que este sea, teniendo siempre presente que la democracia, más que para ratificar acuerdos, es un medio para resolver conflictos y desacuerdos.

Para que la democracia funcione es necesario contar con sociedades tolerantes que permitan el ejercicio de las libertades y derechos individuales, no repriman usos y costumbres y reconozcan que el contraste de ideas o experiencias es socialmente enriquecedor. Como en democracia no hay ninguna victoria política que sea permanente, es indispensable la práctica de la tolerancia ante las opiniones y argumentos divergentes, pues los que hoy son mayoría, y gritan e insultan, mañana pueden ser una minoría que reclame respeto para sus opiniones 

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