Diosdado Cabello en pie de guerra: el eco marcial del chavismo frente a EE. UU.

Vestido de verde olivo, con la mirada fija y el verbo encendido, Diosdado Cabello volvió a ocupar el centro del escenario político venezolano. Esta vez, desde su tribuna televisiva, lanzó una advertencia con tono de trinchera: si Estados Unidos avanza, Venezuela responderá en la calle, “a pie y en moto”. La declaración no es menor. Llega en un momento en que la tensión entre Caracas y Washington se agudiza, tras el despliegue de un submarino nuclear estadounidense en aguas del Caribe. El régimen de Nicolás Maduro, con Cabello como uno de sus más férreos escuderos, se declara en alerta.

“No subestimamos ninguna amenaza, ni siquiera esta. Nos preparamos para lo peor siempre”, dijo Cabello en su programa, mientras militares uniformados asentían con rostro marcial. Sus palabras no se limitaron a una advertencia simbólica; convocó abiertamente a la población a prepararse para el combate urbano. “El que no sepa manejar moto, que aprenda. La batalla será en la calle, será en moto”, afirmó, en lo que parece un llamado a la organización popular de tipo paramilitar. La imagen evoca no solo a un país en estado de militarización permanente, sino a un poder que, al verse acorralado, se parapeta en su base más fiel: la milicia.

La presencia del submarino nuclear estadounidense —de nombre no revelado oficialmente— ha sido tomada por el chavismo como un gesto de agresión directa. “¿Eso lo vamos a tomar como una mamadera de gallo? ¡Muy delicado! ¿Un submarino nuclear, moviéndolo aquí en América?”, exclamó Cabello. La retórica encendida se inscribe en una estrategia ya conocida: tensionar al máximo las relaciones internacionales para cohesionar internamente el proyecto político que, desde hace más de dos décadas, dirige los destinos de Venezuela.

Cabello, quien ha sido considerado por muchos analistas como el verdadero músculo del chavismo, juega con una narrativa que mezcla patriotismo, amenaza externa y movilización popular. Durante la emisión de su programa, estuvo acompañado de miembros de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana. El espectáculo fue meticulosamente montado: aplausos, consignas, y una estética de guerra que remite a las épocas más duras del conflicto interno latinoamericano. Todo, mientras se alimenta la idea de un enemigo común —el imperialismo— como única vía para la unidad nacional.

En paralelo, el régimen reportó una participación “histórica” en la convocatoria para reforzar la Milicia Nacional Bolivariana, un cuerpo que en los últimos años ha cobrado más protagonismo y funciones. Según Cabello, la asistencia “superó todas las expectativas” y fue completamente voluntaria. “La gente acudió sin presiones ni imposiciones, con el firme propósito de defender la patria”, aseguró, aunque los informes independientes hablan de una Venezuela cada vez más empobrecida, con una ciudadanía atrapada entre la necesidad económica y las redes clientelares del poder.

El discurso de Cabello no solo pretende blindar a la cúpula chavista frente a eventuales sanciones o acciones internacionales. También cumple una función interna: recordar a los suyos que la revolución no se rinde, que la calle es su territorio y que, llegado el caso, se combatirá “a pie”. Es una estrategia de movilización simbólica y real, de poder por presencia, donde las palabras importan tanto como los gestos.

Pero más allá de la retórica militarista, el telón de fondo sigue siendo el mismo: un país en crisis, asfixiado por sanciones, inflación y migración masiva. Mientras Cabello amenaza con enfrentar tropas estadounidenses con motos y disparos, millones de venezolanos continúan abandonando su tierra en busca de oportunidades. El gobierno habla de soberanía, pero la patria se desangra. Y en esa contradicción se dibuja, una vez más, la compleja y trágica narrativa del poder en Venezuela.

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