Contracorriente: De un libro de anécdotas

Por: Ramón Elejalde Arbeláez 

“Mijo, levántese que llegó Belisario” es un libro de anécdotas, de mí autoría, que por estas calendas está presentando en la Feria del Libro de Medellín la Editorial Unaula. En forma amena se narran pequeñas historias que sucedieron y que el tiempo ha borrado o que no se conocieron. Busqué reconstruirlas apegado siempre a que resplandeciera la verdad de lo acontecido. En tiempos de libros quiero compartir con mis lectores una de las anécdotas en la obra contada: 

Explosivos para una tertulia

Los periodistas Jorge Carvalho, César Pérez Berrío y Fernando Vera Ángel, todos con programas noticiosos en la cadena radial Todelar, se idearon, hace tiempos, una tertulia que se inició en una cafetería contigua a las radiodifusoras citadas. Por muchos años los periodistas, políticos, opinadores y funcionarios públicos nos reuníamos los días lunes y viernes de todo el año, excepto los correspondientes a la Semana Mayor y a los últimos días del mes de diciembre y primeros del mes de enero de cada año, por obvias razones. Cualquier día el cafetín (Maxi´s) cerró sus puertas y nos trasladamos con nuestra tertulia a un lugar cercano llamado Cafetería San Joaquín, diagonal al tempo del mismo nombre, a unos cien metros de la famosa carrera 70 de Medellín y a ciento cincuenta metros de la calle San Juan, es decir, un lugar muy céntrico de la ciudad de Medellín. 

El veintitrés de julio de 2002 los contertulios comenzamos a llegar al lugar cerca de las ocho de la mañana, que era la hora habitual. El sol era sumamente fuerte y yo, que siempre me ubicaba en las sillas cercanas a la puerta de ingreso a la cafetería, opté por hacerme en la parte de adentro del establecimiento. Sobre la puerta se sentaron Hildebrando Giraldo Parra, congresista liberal recién elegido; Fabio Estrada Chica, concejal de Medellín y Hernán González Barreto, prestante contador público. Los demás, Alberto Rendón Cuartas, César Pérez Berrío, Jorge Carvalho, Fernando Vera Ángel, Hernán Rada Calderón, José Obdulio Gaviria Vélez, Antonio Saúl Cardona Castrillón y el suscrito, además de otros amigos y visitante quedamos en el interior de la cafetería. 

Desde que Hildebrando Giraldo tomó asiento comenzó a invitarme a que me hiciera al lado de ellos, en la puerta de acceso. Por la fortaleza del sol, siempre me negué a cambiar de lugar. Los asistentes César Pérez, José Obdulio Gaviria y Antonio Cardona, por compromisos que tenían, se retiraron del lugar, cuando escasamente llevaban media hora en la sesión. Sobre las 8:50 a.m., un hombre, con aspecto andrajoso y mal presentado, dejó sobre la acera de la cafetería y a la espalda de Hildebrando Giraldo, un costal de fique que contenía algo. Alguno de los presentes alcanzó a decir: “Mira lo que dejó en la acera ese señor”. Todos miramos y allí fue: Estallaron diez kilos de explosivos. Yo, personalmente, perdí el sentido y desperté cuando el odontólogo Elkin García Castrillón, que vivía cerca al lugar de los acontecimientos, me ayudaba a incorporarme. Todo era una nube de polvo y olor penetrante a pólvora y quemado. Traté de recoger unos documentos que al momento del estallido tenía sobre mis piernas y mi teléfono celular. Miré a mis vecinos a ver a quienes podía ayudar y solamente permanecían sobre el piso, en mal estado, Hildebrando Giraldo, Fabio Estrada y Hernán González. Todos estaban ya siendo socorrido por vecinos y fuerza pública. Mi camisa y mi pantalón estaban totalmente destruidos, parecían cortados en flecos. Elkin García trató de acompañarme a coger un taxi que me llevara a la casa y me le solté como pude, diciéndole que se regresara a ayudar a socorrer a los que quedaban. El odontólogo, sin aceptarlo de buena gana, me dejó y regresó al lugar de los hechos, que ya estaba cercado por una multitud de curiosos, vecinos y autoridades. 

Contrario a lo que se suele afirmar, muchos taxistas me ofrecieron conducirme a un centro asistencial. Tomé uno y me negué a ir a una clínica. El conductor, inteligentemente, me hizo un rudimentario test  para ver mis condiciones mentales y físicas, porque de los oídos me salían hilos pequeños de sangre. Me orienté bien y el conductor entendió que no estaba en situación de gravedad. Me llevó a la casa, donde aún no conocían lo sucedido: las expresiones de angustia y extrañeza fueron múltiples. Me bañé para quitarme el polvo, me cambié de ropa y fui presionado por mi familia a ir a una clínica. Sentía un dolor impresionante en dos dedos de la mano izquierda. Nada más me dolía. Resalto que tanto el conductor del taxi que me llevó a la casa, como mi familia, insistían en que, a un costado del cuerpo, cerca de la cintura, tenía un pequeño hundido.  

En el viaje al hospital llamé a Juan Guillermo Maya Salinas, subdirector del Hospital San Vicente de Paúl para pedirle que me atendieran, pero luego me indicaron los compañeros de infortunio, que nos estaban socorriendo en el Hospital General.  En este lugar fui informado de la gravedad de Hildebrando Giraldo, Fabio Estrada y Hernán González. Triste y lamentablemente Hildebrando falleció ese día, y Fabio y Hernán tuvieron que ser intervenidos quirúrgicamente. Con el tiempo superaron sus dificultades de salud. 

A mí se me fracturaron dos dedos de la mano izquierda y perdí, transitoriamente, la audición. Posteriormente fueron muchas las noches de insomnio y de abruptas despertadas lleno de terror. Por varios meses me quedó alguna secuela. Tal vez lo que más me desvelaba era pensar en lo que hubiera sucedido si el inmenso cilindro de gas que tenía la cafetería estalla ese día. Milagrosamente nada pasó. 

Ese veintitrés de julio estábamos a quince días del cambio de gobierno. Finalizaba el mandato Andrés Pastrana Arango y comenzaría el de Álvaro Uribe Vélez. Yo llevaba tres días de posesionado como representante a la Cámara por Antioquia. El día de la bomba llegaron al Hospital el alcalde la ciudad, el gobernador de Antioquia, el ministro designado para Infraestructura, Andrés Uriel Gallego, también integrantes de la tertulia y, posteriormente, en el sepelio de Hildebrando Giraldo Parra se hicieron presentes el ministro del Interior, Armando Estrada Villa, integrante también de la tertulia; Horacio Serpa Uribe, Eduardo Verano de la Rosa, Eugenio Prieto Soto, gobernador  (e) de Antioquia y cientos de antioqueños que lamentaron la triste y temprana partida de un luchador como lo fue Hildebrando.  

Del hecho fueron señalados por las autoridades judiciales un grupo del Ejército de Liberación Nacional –ELN- La tertulia continuó reuniéndose por muchos años más en el Club Medellín y a la desaparición de éste, migró a otro lugar seguro de la ciudad.  

Esta es una pequeña historia de las varias que contiene el libro, que pueden adquirir en la Feria del Libro, en las librerías de la ciudad, en el Fondo Editorial de la Universidad Autónoma Latinoamericana o solicitar a buscalibre.com 

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