Colombia amaneció este miércoles bajo la amenaza de un fenómeno que cruzó mares y escaló en magnitud hasta convertirse en historia. Un sismo de 8,7 grados sacudió la península de Kamchatka, en Rusia, durante la noche del martes, ubicándose como el duodécimo terremoto más potente jamás registrado en el planeta. Su furia telúrica no quedó contenida en Asia: atravesó el Pacífico y encendió alarmas en naciones costeras, entre ellas Colombia, cuya franja litoral en Chocó, Valle del Cauca, Cauca y Nariño fue declarada en estado de advertencia por posible tsunami.
La Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD) activó su protocolo de prevención tan pronto como la Dirección General Marítima (Dimar) advirtió sobre la posibilidad de corrientes anómalas y olas de tsunami en la costa colombiana. Se ordenó el cierre inmediato de playas y la suspensión del tráfico marítimo. “No es momento de estar cerca del mar”, fue el mensaje claro de las autoridades. Se trata de una advertencia basada no solo en modelos internacionales, sino también en la experiencia de las costas que saben lo que significa subestimar al océano.
El Pacífico colombiano, acostumbrado a la brisa y el rumor de las olas, empezó a prepararse para un nuevo lenguaje marino: el de un oleaje que no llega con calma, sino con fuerza y riesgo. La UNGRD entregó los horarios estimados en los que podrían arribar las primeras olas. A las 10:03 a.m., en Malpelo, se iniciaría el fenómeno. Luego, entre las 10:26 y las 10:45 a.m., se espera su paso por Juradó, Bahía Solano, Nuquí, Bajo Baudó y Gorgona. Cada minuto es un conteo regresivo para zonas vulnerables, muchas de ellas de difícil acceso y con precaria infraestructura.
Hacia las 11 de la mañana, el departamento de Nariño se sumaría a esta cadena de impactos. Mosquera, Salahonda y Tumaco están en la ruta del oleaje, con llegada estimada entre las 11:02 y las 11:14 a.m. Más adelante, el fenómeno tocaría Juanchaco a las 11:31 a.m., Timbiquí a las 11:35 a.m. y Guapi a las 11:58 a.m. Finalmente, pasada la hora del almuerzo, el mar podría alterar su rostro frente a Buenaventura (12:19 p.m.) y Bahía Málaga (12:20 p.m.). Son datos, pero también advertencias que deben ser atendidas con responsabilidad y calma.
El llamado de las autoridades es claro: alejarse del mar, acudir a zonas altas y seguir únicamente los canales oficiales de información. La experiencia internacional en estas crisis ha demostrado que el comportamiento del mar es impredecible, y que incluso olas aparentemente pequeñas pueden tener consecuencias devastadoras. Colombia no puede darse el lujo de esperar a ver si ocurre lo peor; debe actuar como si el peligro fuera inminente, porque lo es.
Este fenómeno natural, que ya provocó evacuaciones en Japón, Ecuador y Hawái, recuerda la naturaleza interconectada de las placas tectónicas y la vulnerabilidad de nuestras costas. El Centro de Alerta de Tsunamis del Pacífico advirtió sobre olas que podrían alcanzar hasta tres metros de altura. No hay forma de saber con certeza cuán alta será la amenaza en Colombia, pero la prevención no se mide en metros, sino en decisiones. Esta no es solo una historia geológica: es una historia humana en construcción.
En un país donde las emergencias suelen llegar de forma inesperada y donde el olvido institucional amenaza tanto como la naturaleza, la alerta de hoy debería servir como lección. Los terremotos no conocen de fronteras ni de horarios. La pregunta no es si va a llegar la ola, sino si estaremos listos para recibirla sin lamentar lo que pudo evitarse. En ese sentido, más que la furia del océano, lo que está a prueba es la capacidad del Estado y de sus ciudadanos para escuchar la advertencia y responder con sensatez.